El luchador más icónico de la segunda mitad del siglo XX y principios del XXI, símbolo de justicia y tradición, anuncia su adiós definitivo al cuadrilátero. La arena llorará su silencio.

El último de una estirpe divina ha decidido poner punto final a una epopeya. Jorge Eduardo Guzmán Rodríguez, el Hijo del Santo, el ídolo de cabellera plateada y máscara argéntea, se retira oficialmente a los 63 años, tras un reinado de 43 invictos en el ring y en el corazón popular. Su carrera no fue solo una sucesión de llaves y planchas; fue la columna vertebral de la Lucha Libre mexicana moderna, un puente viviente entre el mito de su padre —el santo original— y el espectáculo globalizado de hoy. Cada salto desde la tercera cuerda era un capítulo de una novela de heroísmo que escribió desde 1982, defendiendo el honor y el espectáculo con una elegancia atlética inigualable.
Su legado trasciende la arena: es cultura viva, un sinónimo de México en el mundo. Protagonista de cómics, películas y serigrafías, su imagen se convirtió en un ícono pop, venerado desde los mercados de Tepito hasta las galerías de Los Ángeles. Su retiro no es solo el fin de una carrera atlética; es el cierre del ciclo de un personaje nacional, un superhéroe de carne y hueso cuyas batallas —contra el temible Hijo del Perro Aguayo, Negro Casas o en la mítica rivalidad con Octagón— definieron la infancia y la pasión de generaciones. La revista Lucha Libre Internacional perderá a su columnista más emblemático, pero su leyenda, grabada a fuego en el alma del espectáculo, es ya eterna.












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